Blog

Blog post subtitle

La escuela integradora constituye un momento de apertura de la escuela tradicional que, aún conservando el eje homogeneizador, puede dar cabida a aquel alumno que no responde al perfil esperado, lo integra a la misma.
El modelo educativo integrador enfatiza las necesidades educativas especiales de los dujetos “a integrar” y propone una serie de intervenciones técnicas para “compensarlas” y lograr el objetivo (homogeneizador).
Por esto es que podemos ubicar a la integración escolar como un momento de transición entre el paradigma tradicional de la segregación y el paradigma inclusivo al que se aspira.

REFLEXIONES SOBRE LA INCLUSIÓN Y LA INTEGRACIÓN

La integración escolar es una estrategia educativa que apunta a que un sujeto con discapacidad pueda participar de la experiencia de aprendizaje dentro de la escuela común. Esto implicaría la apertura de un espacio educativo en el que el sujeto pueda construir su aprendizaje partiendo de sus posibilidades y con sus limitaciones. O sea que es un espacio posibilitado en tanto la escuela pueda aceptar las diferencias entre los alumnos y reconocer a la heterogeneidad como una condición propicia para generar intercambio y aprendizaje. La integración escolar se constituye como uno de los pilares de un contexto más amplio, que es la integración social de la persona con discapacidad.

Entonces, en la teoría, la integración escolar debería apoyarse en el reconocimiento de la heterogeneidad, de las diferentes posibilidades y limitaciones para que cada persona pueda construir un proceso de aprendizaje propio, subjetivo. La pregunta es ¿esto ocurre en la práctica?

Hoy en día se habla de escuelas inclusivas y solemos hacer referencia indistintamente a la inclusión escolar y a la integración, utilizando estas palabras como si fueran sinónimos, pero ¿lo son? ¿hay alguna diferencia entre incluir e integrar?

Si vamos a la RAE y buscamos “incluir” nos vamos a encontrar con que la primera definición es “PONER algo o a alguien dentro de una cosa o de un conjunto, o dentro de sus límites”. O sea, que la inclusión implica colocar a algo o alguien dentro de los límites de un conjunto ya preestablecido, un conjunto que no se modificará en nada con la inclusión de este nuevo elemento. Llevándolo al ámbito educativo, diríamos que incluimos a un niño dentro del conjunto que es la escuela normal sin que esta genere ningún tipo de modificación en su estructura, organización y funcionamiento para alojar a esta novedad que trae el niño. Desde esta perspectiva, estamos frente a un sujeto completamente pasivo, en lugar de objeto, que es colocado en un lugar, insertado dentro de un espacio predeterminado.

Volvemos al diccionario y vemos que, más adelante, otra definición hace referencia a que incluir, cuando es dicho de una cosa implica “contener a otra, o llevarla IMPLÍCITA”. Rescatemos esta última palabra: implícita. Siguiendo a esta definición queda clarísimo que, entonces, la escuela inclusiva contiene a la persona con discapacidad… y no solo eso, la lleva implícita, la desdibuja. En la inclusión no hay sujeto posible, no hay lugar para el sujeto, porque no hay lugar para el surgimiento de la particularidad.

Al ser incluido, el sujeto se vuelve implícito, se pierde en ese contexto que lo incluye y al incluirlo lo anula. Si, siguiendo con las definiciones, buscamos “implícito” en el diccionario, vamos a encontrarnos con que estar implícito es estar “incluido en otra cosa SIN QUE ESTA LO EXPRESE”. El niño incluido en la escuela normal, así como el adulto incluido en la sociedad, no encuentra expresión alguna de sí mismo, no hay nada que lo represente porque no se constituye un lugar posible para él. En la inclusión no hay reconocimiento de eso que es otra cosa, se tiende a la homogeneización, al borramiento de la diferencia.

Ahora, veamos qué significa “integrar”: “Dicho de diversas personas o cosas: Constituir un todo. El equipo lo integran once jugadores.” Ya vemos una diferencia, en este caso estamos hablando de DIVERSAS personas o cosas que juntas, todas ellas, constituyen una totalidad. Y el ejemplo es esclarecedor: a un equipo de fútbol lo integran once jugadores. Todos ellos, en igual medida, forman parte de la totalidad que es el equipo. No hay equipo de fútbol posible si no hay once jugadores. Ya no estamos hablando de un conjunto preexistente al que algo viene a añadirse pasivamente, sino que al hacer referencia a integrar estamos hablando de crear algo nuevo a partir de la unión de diversos elementos, disímiles entre sí. Por ejemplo, cuando integramos conceptos o ideas estamos fusionando elementos que son disímiles entre sí en una sola totalidad nueva y superadora que sintetiza esas partes disímiles sin hacerlas desaparecer. Otra definición de integrar dice: “hacer que alguien o algo pase a formar parte de un todo”. Este todo representa a los “alguien” que lo forman, se crea con su integración, no se trata de un espacio de existencia previa al que alguien es agregado.

Trasladar el concepto de integración a la educación, una educación integradora implicaría que la escuela sea una organización dinámica, que se reinventara pudiendo alojar la diferencia, la subjetividad de cada alumno para crear una nueva totalidad que tenga en cuenta la particularidad y se nutra de lo heterogéneo.

Desde el psicoanálisis reconocemos la importancia del significante, sus marcas. Sabemos que las palabras no son cualquier cosa y no es casual se hable de inclusión en la ley de educación, en documentos e investigaciones y que muchas veces los profesionales mismos usemos ambos términos indistintamente.

Entonces, pensando a la integración desde esta perspectiva. Cuando hablamos de integración… ¿estamos realmente hablando de integración? ¿Nos encontramos hoy ante un sistema educativo integrador? ¿Las escuelas integran o se limitan a incluir?

La integración educativa en nuestro país ya tiene hecho un largo recorrido, la ley de educación la garantiza, se realizan investigaciones, se escriben papers sobre el tema y, si vamos a las cifras, veremos que cada año un mayor número de niños con discapacidad concurre a la escuela normal en lugar de a la escuela especial. Entonces, a nivel estadístico, parece que el sistema educativo realizó una apertura, que la estrategia educativa es un éxito y que cada vez más chicos que antes hubiesen quedado excluidos de ciertos espacios educativos, hoy pueden integrarse a los mismos. ¿Se integran? ¿O son incluidos? Que cada vez más chicos con discapacidad o con otro tipo de necesidades educativas son incluidos en la escuela normal es cierto, los números lo dicen, pero, como vimos, ser integrado es otra cuestión.

Los desafíos y las problemáticas del sistema educativo actual van más allá de la integración del alumno con discapacidad. Hay muchos otros malestares que denuncian las características obsoletas del mismo, lo que ocurre es que la discapacidad es más ruidosa, visibiliza más bruscamente la diferencia, la heterogeneidad y el afán por normalizar que suele tener la escuela. La educación tiende a la homogenización de los alumnos y a la estandarización del proceso de aprendizaje. El sistema educativo en general no reconoce la diferencia, no sólo no integra a los alumnos con discapacidad, sino que no integra a ningún alumno. Plantea condiciones estáticas, límites, reglas que hacen a una instrucción pasiva e impersonal.

La integración educativa está en proceso y se trata de un proceso conflictivo y complejo que implica y necesita de la relación y articulación entre la familia, la escuela común, la escuela especial, los profesionales y otras instituciones. La integración se suele dar como lograda y exitosa porque los números dicen que hay muchos chicos incluidos, porque las obras sociales cubren las prestaciones de apoyo, etc. Pero la integración es una construcción viva, en proceso constante. Para que ese proceso siga avanzando y creciendo, para que estemos cada vez más cerca de una educación integradora, de una sociedad integradora, es necesaria la reflexión, el permanente cuestionamiento.

Conocer el contexto más amplio en el que está inmerso nuestro trabajo como psicólogos vinculados a la integración escolar, tener capacidad de análisis sobre él, cuestionarnos las cosas que parecen obvias o instaladas, cuestionarnos los términos, las palabras que usamos, poder pensar por qué decimos inclusión o integración, por qué se le dice maestras integradoras a los Acompañantes Externos, qué lugar se le da al profesional, al niño… poder debatirnos sobre estas cuestiones contribuirá a que tengamos una mirada más amplia y enriquecerá el modo en el que realizamos nuestro trabajo y colaboramos en este proceso en construcción que es la integración educativa.